Octubre octubre, de José Luis Sampedro

Octubre, octubre le costó 19 años de trabajo a José Luis Sampedro y resulta, tal vez, la obra culminante de un crecimiento literario que había comenzado en 1939 con La Estatua de Adolfo Espejo. Esta novela escoge como protagonista a una química, Ágata, a través de la cual será posible encontrar una gran cantidad de referencias a la actividad científica y, en concreto, a la química.

La novela surca dos historias paralelas: la del barrio de Palacio de Madrid, con Ágata y Luis como protagonistas principales, quienes andan a la búsqueda de su verdadera identidad en el claroscuros del Madrid de los sesenta, y la de Miguel, el escritor de la novela, fechada en 1975, quien sufre un conflicto personal en el contexto de los cambios sociales y políticos que se están produciendo en el país.

Es esta una novela donde la memoria y la conversación tejen la red que sostiene la obra: se trata de una novela humanística, desmitificadora y crítica, una narración de personajes y de épocas que hurga en la realidad para encontrar la verdad que se alberga tras las convenciones. Configura así una obra muy personal, particularmente vinculada a la propia trayectoria de Sampedro, ya como escritor, humanista o ya como ciudadano reflexivo.

Disponible en la Red de Bibliotecas del CSIC

El Experimento del doctor Ox, de Jules Verne

El experimento del Dr. Ox es una curiosa obra de Jules Verne, fundamentalmente en tanto que representa una particular mirada humorística de un autor que gozaba de cierta fama de circunspecto. De hecho, los protagonistas, el Doctor Ox y su auxiliar Ígeno (la broma, como se ve, comienza al pronunciar juntos los nombres del científico y su ayudante), realizan un viaje a la pequeña comunidad de Quiquendone, en Flandes, con la voluntad de realizar un experimento acerca de cómo influye el oxígeno sobre el comportamiento de los seres humanos, si se le suministra en dosis superiores a la que sus organismos necesitan. Y el resultado no puede ser otro que la continuación del tono descacharrante con el que Jules Verne comienza y con el que se dará un homenaje: la pacífica comunidad flamenca se hiperexcitará belicosamente de tal manera que llegará al punto de declararle la guerra a un pueblo vecino.

La historia está ambientada, como decimos en un imaginario villorrio de Flandes —el autor advierte que no se lo encontrará en los mapas, si bien aclara que no está lejos de Brujas— cuyo rasgo más llamativo es que allí nunca ha pasado ni pasa nada. En el retrato de sus habitantes, Verne satiriza el carácter (el tópico) nacional flamenco: la tranquilidad, la flema, la extrema parsimonia. Quiquendone es un lugar donde el tiempo parece estancado. Allí será donde, aprovechando que las autoridades le han concedido la instalación lumínica de la ciudad por medio de farolas de gas, el científico Ox satura la atmósfera de oxígeno puro, que irá convirtiendo a sus habitantes en unos exaltados que, al final buscan embarcarse en una guerra contra la localidad vecina por un casus belli —una vaca que pasó los límites y pastó brevemente en un prado quiquendonés— que se remonta a más de siete siglos atrás.

La fecha de redacción de la novela llama la atención, ya que pertenece a esa etapa que los expertos de Verne consideran de exaltación romántica de la ciencia, y en la que se incluyen la mayor parte de sus novelas más conocidas y que concluiría, más o menos, con Los 500 millones de la Begum, en 1879. Un detalle importante del humor de la novela es que obvia completamente el conflicto moral, ya que el protagonista, el doctor Ox, utiliza su invención sin la menor preocupación ética (es decir, sin advertir a los incautos quiquendonenses que están siendo víctimas de un experimento). Eso sí, más que ante una mirada sombría sobre la ciencia —al modo de la novela antedicha, que consiste en una premonición del nazismo y del uso de bombas de destrucción masiva sobre poblaciones civiles—, a lo que da pie es a levantar una gigantesca gamberrada con la que imaginamos al bueno de Verne divirtiéndose de lo lindo mientras da el punto final al manuscrito.

Esta obra, como siempre, se encuentra Disponible en la Red de Bibliotecas del CSIC

Tiempo de silencio, de Luis Martín-Santos

Tiemposilencio9788432201097: Tiempo de silencioTiempo de silencioEn palabras de Alfonso Rey: «Tiempo de silencio es una novela neobarojiana, con situaciones, ambientes, personajes o preocupaciones propios de Baroja». No es vana esta hilazón teniendo en cuenta que ambos desarrollan -con cincuenta años de diferencia-  dos miradas sobre el país en las que sus personajes principales (Andrés, en El Árbol de la ciencia y Pedro, en Tiempo de silencio) constituyen sendos arquetipos de una reflexión “científica” y filosófica sobre “el problema de España”.

Si Baroja postulaba el racionalismo como un eje de la solución, Martín-Santos realiza la radiografía de un fracaso, intelectual y personal, que posiblemente sintetice el fracaso de una ciudad, a la que describe despiadadamente (Madrid), y del país que esta capitaliza.

El argumento de la novela comienza describiendo la precariedad de las condiciones en las que Pedro, un joven médico investigador en el Madrid de finales de la década de los 40, desarrolla su investigación sobre el cáncer con una cepa de ratones. Estos ratones, procedentes desde Estados Unidos, no han podido mantener un ritmo de reproducción superior al de su muerte, lo que compromete la continuidad del proyecto. Su ayudante en el laboratorio, Amador, quien había regalado meses antes algunos ejemplares a un pariente suyo, el Muecas, le acompañará a la chabola de este para comprar algunos de esos ratones y poder continuar con las investigaciones. Esta inmersión en los bajos fondos constituirá el detonante de la trama, la cual conducirá al personaje a un viaje personal y existencial.

Las innovaciones técnicas, léxicas y estilísticas de la obra son muy reseñables y constituyen una importante renovación para un realismo que se percibía atascado en formas decimonónicas y que necesitaba superar el realismo social y el objetivismo imperantes hasta el momento por la literatura en castellano.

La historia de su edición durante el franquismo será además bastante accidentada. Alfonso Rey lo explica de esta manera: “Concluida en 1960, fue enviada al premio Pío Baroja con el título de Tiempo frustrado, bajo el seudónimo de Luis Sepúlveda, el mismo que Martín-Santos utilizaba en la clandestinidad. Presiones gubernativas impidieron que Tiempo frustrado obtuviese el premio,declarado desierto en abril de 1961. A comienzos de 1962 José Luis Munoa Roiz llevó a Barcelona el original de la novela, que se publicó ese mismo año en la editorial Seix-Barral. A causa de la censura, la primera edición apareció severamente mutilada, carente de casi todas las descripciones del burdel y de otros fragmentos más breves. En 1965, muerto ya Martín-Santos, se publicó la segunda edición, en la cual se restituyó la mayor parte de lo omitido en 1962, aunque también se censuraron algunos pasajes que no lo habían sido antes. Además, una impresión no del todo rigurosa propició la aparición de lecturas erróneas, que se mantuvieron en las ediciones siguientes. Estas nuevas deficiencias no se solucionaron en la llamada edición definitiva de 1980, cuyo mérito estriba en haber añadido unos leves fragmentos no recuperados en 1965.”

Como siempre, nuestra recomendación se encuentra Disponible en la Red de Bibliotecas del CSIC

Las mujeres de la luna, de Daniel Roberto Altschuler y Fernando J. Ballesteros

cubierta-frontalCuando contemplamos o estudiamos la Luna tenemos la oportunidad de contemplar y estudiar parte de nuestra propia historia.

Por un lado, los accidentes selenográficos de la superficie de la Luna constituyen un registro intacto de la formación de la zona del Sistema Solar más cercana a la Tierra. Por otro lado, la nomenclatura de estos accidentes es también el reflejo de los desequilibrios de nuestra sociedad. De las 1586 personas honradas con un nombre de cráter, únicamente 28 son mujeres y en su mayoría pertenecen a Europa y EE. UU., datos que evidencían que quienes han contribuido al avance de la ciencia han recibido un reconocimiento muy desigual.

A través de las páginas de este libro, los astrónomos y divulgadores científicos Daniel Roberto Altschuler y Fernando J. Ballesteros nos invitan a reflexionar sobre este hecho y, por encima de todo, nos brindan la oportunidad de conocer mejor la vida de estas 28 mujeres.

Las 28 mujeres de la Luna son, por orden de aparición en el libro:

  1. Hipatia de Alejandría
  2. Catalina de Alejandría
  3. Nicole-Reine Etable de la Brière Lepaute
  4. Caroline Lucretia Herschel
  5. Mary Fairfax Greig Somerville
  6. Anne Sheepshanks
  7. Catherine Wolfe Bruce
  8. Maria Mitchell
  9. Agnes Mary Clerke
  10. Sofia Vasilievna Kovalévskaya
  11. Annie Scott Dill Russell Maunder
  12. Williamina Paton Stevens Fleming
  13. Annie Jump Cannon
  14. Antonia Caetana Maury
  15. Henrietta Swan Leavitt
  16. Mary Adela Blagg
  17. Mary E. Proctor
  18. Marie Sklodowska-Curie
  19. Lise Meitner
  20. Amalie Emmy Noether
  21. Louise Freeland Jenkins
  22. Priscilla Fairfield Bok
  23. Gerty Theresa Radnitz Cori
  24. Judith Arlene Resnik
  25. Sharon Christa McAuliffe
  26. Kalpana Chawla
  27. Laurel Blair Salton Clark
  28. Valentina Vladímirova Nikolayeva Tereshkova

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La medición del mundo, de DANIEL KEHLMANN

kehlmannLa medición del mundo aborda la vida de dos importantes científicos alemanes de principios del siglo XIX, Alexander von Humboldt, naturalista y Carl Friedrich Gauss, matemático. La novela comienza en el momento del encuentro de éstos en Berlín en 1828 durante un congreso de naturalistas.

En principio contrapuestos, Humboldt es un impenitente viajero y Gauss un hombre que vivió toda su vida en Göttingen y que práticamente no salió de Alemania, este hecho no les impidió colaborar en una investigación acerca del campo magnético terrestre, aunque eso sí, cada uno a su manera: Gauss hace construir un laboratorio en el que se pasa horas experimentando, mientras Humboldt viaja por la estepa rusa tomando datos. Su hallazgo mutuo les ayudará a replantearse muchas cuestiones sobre sus respectivas vidas.

No es frecuente encontrar novelas en las que los protagonistas sean hombres de ciencia, o en las que se trace una semblanza del marco social y de pensamiento en el que se desarrolla su trabajo. En esta novela, además, es posible encontrar entreveradas en el relato, alusiones a cuestiones matemáticas, como la teoría algebraica de números, la geometría astral o, por supuesto, todas las relacionadas con la medición, a la que se alude en el título.

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Autobiografía, de Charles Darwin

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Todo el mundo ha oído hablar del darwinismo, de la evolución de las especies, del viaje del Beagle…, pero muy pocos conocemos a Darwin, el hombre. Una de las cosas más interesantes de esta obra es que las memorias autobiográficas de Charles Darwin fueron escritas para sus hijos, sin pensar en ningún momento que pudieran acabar siendo publicadas y dieran a conocer detalles sobre la vida de un hombre humilde que prefería la compañía y los consejos de su familia antes que los de los eminentes científicos que lo rodeaban.

Otro detalle significativo en torno a esta autobiografía, publicada en 1877, es que fue mutilada por su esposa porque según ella estaba escrita “con demasiada libertad”. El autor de El origen de las especies exponía, entre otras cosas, que el cristianismo le parecía “una doctrina detestable”. Este libro, el que hoy recomendamos, recupera los párrafos censurados (pueden verse algunos en negrita en las siguientes líneas):

Por cierto, como siempre, el libro se encuentra (pinchando en el siguiente enlace)

Disponible en la Red de Bibliotecas del CSIC

“Durante aquellos dos años me vi inducido a pensar mucho en la religión. Mientras me hallaba a bordo del Beagle fui completamente ortodoxo, y recuerdo que varios oficiales (a pesar de que también lo eran) se reían con ganas de mí por citar la Biblia como autoridad indiscutible sobre algunos puntos de moralidad. Supongo que lo que los divertía era lo novedoso de la argumentación. Pero, por aquel entonces, fui dándome cuenta poco a poco de que el Antiguo Testamento, debido a su versión manifiestamente falsa de la historia del mundo, con su Torre de Babel, el arco iris como signo, etcétera y al hecho de atribuir a Dios los sentimientos de un tirano vengativo, no era más de fiar que los libros sagrados de los hindúes o las creencias de cualquier bárbaro. En aquel tiempo se me planteaba continuamente la siguiente cuestión, de la que era incapaz de desentenderme: ¿resulta creíble que Dios, si se dispusiera a revelarse ahora a los hindúes, fuese a permitir que se le vinculara a la creencia en Vishnú, Shiva, etcétera, de la misma manera que el cristianismo está ligado al Antiguo Testamento? Semejante proposición me parecía absolutamente imposible de creer. (…)

El hecho de que muchas religiones falsas se hayan difundido por extensas partes de la Tierra como un fuego sin control tuvo cierto peso sobre mí. Por más hermosa que sea la moralidad del Nuevo Testamento, apenas puede negarse que su perfección depende en parte de la interpretación que hacemos ahora de sus metáforas y alegorías. No obstante, era muy reacio a abandonar mis creencias. Y estoy seguro de ello porque puedo recordar muy bien que no dejaba de inventar una y otra vez sueños en estado de vigilia sobre antiguas cartas cruzadas entre romanos distinguidos y sobre el descubrimiento de manuscritos, en Pompeya o en cualquier otro lugar, que confirmaran de la manera más llamativa todo cuanto aparecía escrito en los Evangelios. Pero, a pesar de dar rienda suelta a mi imaginación, cada vez me resultaba más difícil inventar pruebas capaces de convencerme. Así, la incredulidad se fue introduciendo subrepticiamente en mí a un ritmo muy lento, pero, al final, acabó siendo total. El ritmo era tan lento que no sentí ninguna angustia, y desde entonces no dudé nunca ni un solo segundo de que mi conclusión era correcta. De hecho, me resulta difícil comprender que alguien deba desear que el cristianismo sea verdad, pues, de ser así, el lenguaje liso y llano de la Biblia parece mostrar que las personas que no creen -y entre ellas se incluiría a mi padre, mi hermano y casi todos mis mejores amigos- recibirán un castigo eterno.

Y ésa es una doctrina detestable.

Aunque no pensé mucho en la existencia de un Dios personal hasta un periodo de mi vida bastante tardío, quiero ofrecer aquí las vagas conclusiones a las que he llegado. El antiguo argumento del diseño en la naturaleza, tal como lo expone Paley y que anteriormente me parecía tan concluyente, falla tras el descubrimiento de la ley de la selección natural. Ya no podemos sostener, por ejemplo, que el hermoso gozne de una concha bivalva deba haber sido producido por un ser inteligente, como la bisagra de una puerta por un ser humano. En la variabilidad de los seres orgánicos y en los efectos de la selección natural no parece haber más designio que en la dirección en que sopla el viento. Todo cuanto existe en la naturaleza es resultado de leyes fijas. Pero éste es un tema que ya he debatido al final de mi libro sobre La variación en animales y plantas domésticos, y, hasta donde yo sé, los argumentos propuestos allí no han sido refutados nunca.

Pero, más allá de las adaptaciones infinitamente bellas con que nos topamos por todas partes, podríamos preguntarnos cómo se puede explicar la disposición generalmente beneficiosa del mundo. Algunos autores se sienten realmente tan impresionados por la cantidad de sufrimiento existente en él, que dudan -al contemplar a todos los seres sensibles- de si es mayor la desgracia o la felicidad, de si el mundo en conjunto es bueno o malo. Según mi criterio, la felicidad prevalece de manera clara, aunque se trata de algo muy difícil de demostrar. Si admitimos la verdad de esta conclusión, reconoceremos que armoniza bien con los efectos que podemos esperar de la selección natural. Si todos los individuos de cualquier especie hubiesen de sufrir hasta un grado extremo, dejarían de propagarse; pero no tenemos razones para creer que esto haya ocurrido siempre, y ni siquiera a menudo. Además, otras consideraciones nos llevan a creer que, en general, todos los seres sensibles han sido formados para gozar de la felicidad.

Cualquiera que crea, como creo yo, que todos los órganos corporales o mentales de todos los seres (excepto los que no suponen ni una ventaja ni una desventaja para su poseedor) se han desarrollado por selección natural o supervivencia del más apto, junto con el uso o el hábito, admitirá que dichos órganos han sido formados para que quien los posee pueda competir con éxito con otros seres y crecer así en número. (…)

Nadie discute que en el mundo hay mucho sufrimiento. Por lo que respecta al ser humano, algunos han intentado explicar esta circunstancia imaginando que contribuye a su perfeccionamiento moral. Pero el número de personas en el mundo no es nada comparado con el de los demás seres sensibles, que sufren a menudo considerablemente sin experimentar ninguna mejora moral. Para nuestra mente, un ser tan poderoso y tan lleno de conocimiento como un Dios que fue capaz de haber creado el universo es omnipotente y omnisciente, y suponer que su benevolencia no es ilimitada repugna a nuestra comprensión, pues, ¿qué ventaja podría haber en los sufrimientos de millones de animales inferiores durante un tiempo casi infinito? Este antiquísimo argumento contra la existencia de una causa primera inteligente, derivado de la existencia del sufrimiento, me parece sólido; mientras que, como acabo de señalar, la presencia de una gran cantidad de sufrimiento concuerda bien con la opinión de que todos los seres orgánicos han evolucionado mediante variación y selección natural.

Actualmente, el argumento más común en favor de la existencia de un Dios inteligente deriva de la honda convicción interior y de los profundos sentimientos experimentados por la mayoría de la gente. Pero no se puede dudar de que los hindúes, los mahometanos y otros más podrían razonar de la misma manera y con igual fuerza en favor de la existencia de un Dios, de muchos dioses, o de ninguno, como hacen los budistas. También hay muchas tribus bárbaras de las que no se puede decir con verdad que crean en lo que nosotros llamamos Dios: creen, desde luego, en espíritus o espectros, y es posible explicar, como lo han demostrado Tylor y Herbert Spencer, de qué modo pudo haber surgido esa creencia.

Anteriormente me sentí impulsado por sensaciones como las que acabo de mencionar (aunque no creo que el sentimiento religioso estuviera nunca fuertemente desarrollado en mí) a sentirme plenamente convencido de la existencia de Dios y de la inmortalidad del alma. En mi diario escribí que, en medio de la grandiosidad de una selva brasileña, “no es posible transmitir una idea adecuada de los altos sentimientos de asombro, admiración y devoción que llenan y elevan la mente”. Recuerdo bien mi convicción de que en el ser humano hay algo más que la mera respiración de su cuerpo. Pero, ahora, las escenas más grandiosas no conseguirían hacer surgir en mi pensamiento ninguna de esas convicciones y sentimientos. Se podría decir acertadamente que soy como un hombre afectado de daltonismo, y que la creencia universal de la gente en la existencia del color rojo hace que mi actual pérdida de percepción no posea la menor validez como prueba. Este argumento sería válido si todas las personas de todas las razas tuvieran la misma convicción profunda sobre la existencia de un solo Dios; pero sabemos que no es así, ni mucho menos. Por tanto, no consigo ver que tales convicciones y sentimientos íntimos posean ningún peso como prueba de lo que realmente existe. El estado mental provocado en mí en el pasado por las escenas grandiosas difiere de manera esencial de lo que suele calificarse de sentimiento de sublimidad; y por más difícil que sea explicar la génesis de ese sentimiento, apenas sirve como argumento en favor de la existencia de Dios, como tampoco sirven los sentimientos similares, poderosos pero imprecisos, suscitados por la música.

Respecto a la inmortalidad, nada me demuestra tanto lo fuerte y casi instintiva que es esa creencia como la consideración del punto de vista mantenido ahora por la mayoría de los físicos de que el Sol, junto con todos los planetas, acabará enfriándose demasiado como para sustentar la vida, a menos que algún cuerpo de gran magnitud se precipite sobre él y le proporcione vida nueva. Para quien crea, como yo, que el ser humano será en un futuro distante una criatura más perfecta de lo que lo es en la actualidad, resulta una idea insoportable que él y todos los seres sensibles estén condenados a una aniquilación total tras un progreso tan lento y prolongado. La destrucción de nuestro mundo no será tan temible para quienes admiten plenamente la inmortalidad del alma.

Para convencerse de la existencia de Dios hay otro motivo vinculado a la razón y no a los sentimientos y que tiene para mí mucho más peso. Deriva de la extrema dificultad, o más bien imposibilidad, de concebir este universo inmenso y maravilloso -incluido el ser humano con su capacidad para dirigir su mirada hacia un pasado y un futuro distantes- como resultado de la casualidad o la necesidad ciegas. Al reflexionar así, me siento impulsado a buscar una Primera Causa que posea una mente inteligente análoga en algún grado a la de las personas; y merezco que se me califique de teísta.

Hasta donde puedo recordar, esta conclusión se hallaba sólidamente instalada en mi mente en el momento en que escribí El origen de las especies; desde entonces se ha ido debilitando gradualmente, con muchas fluctuaciones. Pero luego surge una nueva duda: ¿se puede confiar en la mente humana, que, según creo con absoluta convicción, se ha desarrollado a partir de otra tan baja como la que posee el animal más inferior, cuando extrae conclusiones tan grandiosas? ¿No serán, quizá, éstas el resultado de una conexión entre causa y efecto, que, aunque nos da la impresión de ser necesaria, depende probablemente de una experiencia heredada? No debemos pasar por alto la probabilidad de que la introducción constante de la creencia en Dios en las mentes de los niños produzca ese efecto tan fuerte y, tal vez, heredado en su cerebro cuando todavía no está plenamente desarrollado, de modo que deshacerse de su creencia en Dios les resultaría tan difícil como para un mono desprenderse de su temor y odio instintivos a las serpientes.

No pretendo proyectar la menor luz sobre problemas tan abstrusos. El misterio del comienzo de todas las cosas nos resulta insoluble; en cuanto a mí, deberé contentarme con seguir siendo un agnóstico.

La persona que no crea de manera segura y constante en la existencia de un Dios personal o en una existencia futura con castigos y recompensas puede tener como regla de vida, hasta donde a mí se me ocurre, la norma de seguir únicamente sus impulsos e instintos más fuertes o los que le parezcan los mejores. Así es como actúan los perros, pero lo hacen a ciegas. El ser humano, en cambio, mira al futuro y al pasado y compara sus diversos sentimientos, deseos y recuerdos. Luego, de acuerdo con el veredicto de las personas más sabias, halla su suprema satisfacción en seguir unos impulsos determinados, a saber, los instintos sociales. Si actúa por el bien de los demás, recibirá la aprobación de sus prójimos y conseguirá el amor de aquellos con quienes convive; este último beneficio es, sin duda, el placer supremo en esta Tierra. Poco a poco le resultará insoportable obedecer a sus pasiones sensuales y no a sus impulsos más elevados, que cuando se hacen habituales pueden calificarse casi de instintos. Su razón podrá decirle en algún momento que actúe en contra de la opinión de los demás, en cuyo caso no recibirá su aprobación; pero, aun así, tendrá la sólida satisfacción de saber que ha seguido su guía más íntima o conciencia. En cuanto a mí, creo que he actuado de forma correcta al marchar constantemente tras la ciencia y dedicarle mi vida. No siento el remordimiento de haber cometido ningún gran pecado, aunque he lamentado a menudo no haber hecho el bien más directamente a las demás criaturas. Mi única y pobre excusa es mi frecuente mala salud y mi constitución mental, que hace que me resulte extremadamente difícil pasar de un asunto u ocupación a otros. Puedo imaginar con gran satisfacción que dedico a la filantropía todo mi tiempo, pero no una parte del mismo, aunque habría sido mucho mejor haberme comportado de ese modo. Nada hay más importante que la difusión del escepticismo o el racionalismo durante la segunda mitad de mi vida. Antes de prometerme en matrimonio, mi padre me aconsejó que ocultara cuidadosamente mis dudas, pues, según me dijo, sabía que provocaban un sufrimiento extremo entre la gente casada. Las cosas marchaban bastante bien hasta que la mujer o el marido perdían la salud, momento en el cual ellas sufrían atrozmente al dudar de la salvación de sus esposos, haciéndoles así sufrir a éstos igualmente. Mi padre añadió que, durante su larga vida, sólo había conocido a tres mujeres escépticas; y debemos recordar que conocía bien a una multitud de personas y poseía una extraordinaria capacidad para ganarse su confianza. Cuando le pregunté quiénes eran aquellas tres mujeres, tuvo que admitir que, respecto a una de ellas, su cuñada Kitty Wedgwood, sólo tenía indicios sumamente vagos, sustentados por la convicción de que una mujer tan lúcida no podía ser creyente. En la actualidad, con mi reducido número de relaciones, sé (o he sabido) de varias señoras casadas que creen un poco menos que sus maridos. Mi padre solía citar un argumento irrebatible con el que una vieja dama como la señora Barlow, que abrigaba sospechas acerca de su heterodoxia, esperaba convertirlo: “Doctor, sé que el azúcar me resulta dulce en la boca, y sé que mi Redentor vive”. –

 

 

Breve historia del tiempo, de Stephen Hawking

Resultado de imagen de historia del tiempo CriticaLa Breve historia del tiempo, del Big Bang a los agujeros negros, se ha convertido el libro de divulgación científica más vendido de la historia. Fue un impactante bestseller publicado en 1988 del que se han llegado a vender más de 10 millones de copias en todo el mundo, algo inaudito para un texto de este tipo. Tras su publicación, Hawking se hizo mundialmente popular y hoy en día sigue siendo uno de los rostros más reconocibles de la ciencia.

En el libro Hawking explica complejos temas relacionados con la cosmología, como el Big Bang, la teoría de supercuerdas o los agujeros negros. Pese a que trata de utilizar un lenguaje y un tono sencillo, el libro aborda los temas con profundidad e, incluso, se mete de lleno a explicar algunos fundamentos matemáticos complejos.

En la obra, Hawking hace desfilar las grandes teorías cosmológicas desde Aristóteles hasta nuestros dias. Así que, tras explicar las aportaciones de Galileo y Newton, nos conduce hasta la teoría de la relatividad de Einstein y hasta la otra gran teoría física del siglo XX, la mecánica cuántica. Por último, explora las posibilidades de combinar ambas teorías en una sola teoría unificada completa que nos permita verificar inquietantes reflexiones, fundamentalmente una: ¿Cuál es la naturaleza del tiempo?

Disponible en la Red de Bibliotecas del CSIC (además de otras obras de Stephen Hawking)