Electric Bath, de Don Ellis (las matemáticas en el jazz)

Electric_BathDon Ellis (1934-1978) fue un talentoso trompetista de jazz un tanto inclasificable, considerado un auténtico iluminado de la década de los sesenta y setenta del siglo pasado, heterodoxo, inquieto, creativo y vanguardista.

Además de su obra musical, ejerció de teórico musicólogo, publicando un gran número de artículos y varias obras significativas, entre ellas The new rhythm book (1972), y Cuartos de tono: Un texto con ejemplos musicales, ejercicios y estudios (1975).

Durante un primer periodo (1960-1963), Ellis grabó varios discos como titular, con músicos como Jacki Byard, Ron Carter, Paul Bley, Gary Peackock o Eric Dolphy. En estas grabaciones, Ellis se dedica a realizar experimentos con el tempo y la tonalidad, dentro de una dinámica generalizada en la época, cercana al free jazz, estilo del que posteriormente se acabaría distanciando.

A partir de 1965 comienza a trabajar con compases poco usuales, extraídos de la música folclórica y de desarrollos matemáticos de los tempos tradicionales, proyectándose en este terreno mucho más lejos de lo que había llegado cualquier músico anterior, tocando en metros como 19/8 (interpretado en divisiones de 3-3-2-2-2-1-2-2-2) y otros aún más largos (hasta 85). Algunos de sus ritmos se planteaban como ecuaciones matemáticas, como un blues en ritmo de 11/4, ejecutado como 32/3/4 y, ello, con verdadero swing.​ Ellis movía a su big band por este tipo de compases, de forma sencilla y ligera. En 1967 se publica un nuevo álbum de la banda, grabado en directo en varios festivales de la costa Oeste, bajo el título de Live in 32/3/4 (Pacific Jazz).

El productor de Columbia, John H. Hammond, ficha a la banda y edita su primer disco en estudio, Electric Bath, en septiembre de 1967. El álbum tiene una recepción magnífica por parte de la crítica (es nominado a los Premios Grammy de ese año, y obtiene el galardón como Mejor disco de jazz del año en Down Beat), pero también por parte del público, alcanzando el nº 8 en el Jazz Top de Billboard.

Electric bath, en conclusión, supuso la primera entrada de Don Ellis en un gran estudio de grabación con una big band y la apertura a la influencia en alguno de los pasajes al mundo del rock, además de la profundización en las esencias matemáticas de sus composiciones.

Un disco especialmente recomendable.

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The Endless River, de Pink Floyd (el disco en el que intervino Stephen Hawking)

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Pues sí, Stephen Hawking también “cantaba”. El reconocido físico teórico prestó su voz para que apareciera en la canción “Talkin’ Hawkin”, del disco “The Endless River”, publicado por Pink Floyd en noviembre de 2014.

Esta sería la segunda ocasión en que compartió su talento con la agrupación británica, ya que en 1994 también había participado en el tema “Keep Talking”.

The Endless River es un album controvertido, especialmente para los tradicionales seguidores de la banda. Construido a base de descartes de anterior album (The Division Bell) y concebido como un álbum instrumental en homenaje al teclista Rick Wright, para muchos constituye un inesperado y decepcionante epitafio para la carrera de los británicos.

Bien es verdad que este album no tiene mucho que ver con la trayectoria anterior de la banda, carece de la personalidad que desprenden las canciones que los hacían reconocibles y parece limitar su ambición a publicar las últimas grabaciones de Wright para el grupo.

En fin, más allá de interpretaciones: muchos ambientes, sintetizadores, capas de sonidos y contada presencia de la guitarra de Gilmour, que suena solo en algunos temas, psicodélica y lejana.

En concreto, el corte en el que interviene Hawking, “Talkin’ Hawkin’” de tres y minutos y medio de duración, es una canción predominantemente instrumental cargada de coros y de líneas de guitarras  que enmarcan la voz del científico mientras recita:

Speech has allowed the communication of ideas, enabling human beings to work together to build the impossible.
Mankind’s greatest achievements have come about by talking.
Our greatest hopes could become reality in the future, with the technology at our disposal, the possibilities are unbounded.

All we need to do is make sure we keep talking.

Una rareza, en cualquier caso, de Pink Floyd que se puede escuchar completa a continuación:

Canciones del campo, de Joaquín Díaz

cancionesCampo

La recuperación de la música tradicional, su rescate del olvido al que le condena una de sus características esenciales -su oralidad- ha sido la labor por la que es más conocido Joaquín Díaz, un incansable investigador del folklore peninsular y, en particular, del castellano y del leonés, cuyo trabajo se ha plasmado en una inabarcable cantidad de discos y grabaciones que, hoy en día constituyen un corpus imprescindible del acervo cultural de nuestro país.

La etnomusicología es, según el New grove dictionary “el estudio de la música de tradición oral, encontrada en áreas que están dominadas por altas culturas; o sea, la música folclórica no sólo de Europa y América, sino de todo el mundo”.

De la misma forma en que la etnomusicología trata de indagar en las culturas tradicionales, el disco puede escucharse hoy como una fuente para el análisis de este tipo particular de música de tradición oral. El propio Joaquín Díaz dice sobre este disco: “Canciones del Campo se grabó en los estudios de Audiofilm con Luis Fernández Soria de técnico. Con él trataba de relacionar ya sin ambages la música tradicional con el repertorio rural. Aunque hubiese una memoria que se mantenía allá donde estaban los especialistas del patrimonio inmaterial, es evidente que esos especialistas –los pocos que iban quedando- vivían en el campo, de ahí que la mirada de este disco se extendía y creaba un foco sobre esas gentes, especiales y escasas, a los que, en ámbitos académicos, se solía llamar “informantes”. (…) Las canciones del LP las había tomado de los trabajos de campo que había venido realizando en años anteriores. Había grabado principalmente en Zamora, Asturias, Palencia y Valladolid, y de esas grabaciones tomé romances y canciones que me sirvieron para completar el repertorio.”

Canciones del Campo es un disco de 1973. Escucharlo hoy continúa emocionando porque de alguna forma produce la sensación de asistir a la destilación de un poso cultural que durante siglos se ha configurado como un reflejo de la mirada de las gentes de la España rural. Este album y muchos otros narran nuestra historia íntima. Nada menos.

 

El disco puede escucharse completo a continuación:

Kind of Blue, de Miles Davis (desentrañando los mecanismos cerebrales de la improvisación)

KindofBlue
El 2 de marzo de 1959 Miles Davis, uno de los más célebres trompetistas y compositores de jazz, citó a algunos de sus amigos músicos al estudio de grabación Columbia Records de Nueva York. Entre el selecto grupo de músicos figuraban  Cannonball Adderley (saxo alto), Paul Chambers (contrabajo), Jimmy Cobb (batería), John Coltrane (saxo tenor), Wynton Kelly y Bill Evans (ambos al piano).
Uno de las peticiones esenciales de Miles Davis fue que antes de la sesión de grabación evitaran ensayar. De hecho, cuando llegaron sus seis invitados al estudio no tenían idea de qué iban a tocar.
Davis solo les pasó algunos bocetos de las principales líneas de escalas y melodías sobre las cuales iban a improvisar, y se limitó a darles unas breves explicaciones de cada pieza.
Después de  algunos minutos comenzaron a grabar.
La grabación del disco completo llevó únicamente 10 horas, distribuidas en dos sesiones de trabajo (2 de marzo y 22 de abril de 1959). Sin embargo el resultado fue francamente increíble: Kind of Blue se convertiría en una leyenda.

Aquella grabación ya es historia. A partir de ella nos asaltan algunas cuestiones: ¿Pero qué ocurre en el cerebro de los músicos de jazz? Esa misma pregunta se la hizo un grupo de científicos del Jonhs Hopkins, quienes estudiaron durante años lo que se esconde detrás de la creatividad, la improvisación y la espontaneidad que definen este género musical. Parece que la clave está en cómo se procesa la música en sus cerebros, algo similar a como lo hace el lenguaje. Para estas personas, improvisar en las notas es parecido a la conversación que podemos mantener con otro interlocutor, que irá variando en función de lo que el otro nos diga.

Hace algunos años pudieron comprobar que si estos profesionales consiguen interpretar en directo, improvisar durante horas y embaucar con su esencia al público espectador es, entre otras razones, porque mientras tocan desactivan las regiones cerebrales asociadas con la inhibición y la autocensura.

Recientemente, el mismo equipo de expertos ha descubierto que las áreas cerebrales que “se activan en los músicos de jazz son las que tradicionalmente se relacionan con el lenguaje y la sintaxis oral”, utilizada para interpretar la estructura de las frases. Sin embargo, durante este acto de creatividad artística “se cierran las zonas del cerebro vinculadas con la semántica” (útil para procesar el significado del lenguaje hablado). Así lo explica Charles Limb, uno de los autores del estudio, que fue publicado en la revista PLoS ONE.

A través de resonancia magnética funcional, Limb y su equipo reatrearon la actividad cerebral de once músicos de jazz (entre 25 y 56 años) que participaban en un acto denominado ‘tranding fours‘, en la jerga del jazz, una práctica que consiste en alternar solos de cuatro compases entre los solistas. “Requiere de una enorme creatividad e improvisación”, apuntan los autores. En estas actuaciones, “los músicos introducen nuevas melodías en respuesta a las ideas musicales de los demás participantes, las elaboran y las modifican en el transcurso del acto”, en directo.

Durante el evento, de unos 10 minutos por sesión, cada uno de los músicos se posicionaba boca arriba en el interior de una máquina de IRM (imagen por resonancia magnética), con un teclado de piano de plático en su regazo. Gracias a dos espejos estratégicamente situados, el participante podía ver la colocación de sus dedos en el teclado, que fue especialmente diseñado para este trabajo. “No tenía piezas de metal, para evitar la atracción con el imán de la resonancia magnética.

Así fue como “vimos que la improvisación de los músicos activaba áreas del cerebro implicadas en la sintaxis, conocidas como el giro frontal inferior y el giro temporal superior. Por el contrario, “se desactivaban estructuras cerebrales relacionadas con el procesamiento semántico, llamadas giro angular y giro supramarginal”.

Es decir, que las regiones cerebrales implicadas en la sintaxis no se limitan al lenguaje hablado. Más bien, asegura Limb, profesor asociado del departamento de Otorrinolaringología de la Universidad Johns Hopkins, “lo que ocurre es que el cerebro usa las áreas de la sintaxis para procesar la comunicación en general, ya sea mediante el lenguaje o la música.

Limb, que también es músico, asegura que el hallazgo de esta investigación arroja más luz sobre la compleja relación entre la música y el lenguaje. Hasta la fecha, “los estudios que analizan cómo el cerebro procesa la comunicación auditiva entre dos individuos lo hacen sólo en un contexto de lenguaje hablado”. Una realidad parcial. “El jazz nos permite investigar la base neurológica de la comunicación interactiva que se produce fuera de una conversación convencional”.

Con este estudio “queda claro que no hay diferencias importantes entre la manera en la que el cerebro procesa el significado del lenguaje y la música“, relatan los autores en su artículo. Concretamente, “se trata de un proceso sintáctico, no semántico y esa es la clave para este tipo de comunicación musical”.

Cuando los músicos de jazz parecen perdidos en este tipo de actuaciones de improvisación, “simplemente están esperando su turno. Están utilizando las áreas sintácticas de su cerebro para procesar lo que están escuchando y responder así (cuando sea su turno) con una serie de nuevas notas que ni han compuesto ni han interpretado nunca antes”, señala el artículo. Es la magia de la improvisación y la creatividad del jazz.

El disco puede escucharse completo aquí:

 

 

Esta entrada está basada en parte en el artículo Los circuitos neuronales del jazz, publicado por Laura Tardón el 24/02/2014 en El Mundo (http://www.elmundo.es/salud/2014/02/24/530737aaca4741ec638b456f.html)

Sgt. Pepper’s Lonely Hearts, de The Beatles

beatles“En la noche en que Donald C. Johanson y sus colaboradores encontraron en El Hadar, Triángulo de Afar, Etiopía, uno de los fósiles más completos que se conocen de homínidos prehistóricos, en su campamento no paraba de sonar Lucy in the sky with diamonds, de los Beatles. Así fue como el equipo decidió nombrar simplemente ‘Lucy’ a la chica prehistórica que desenterraron y que por muchos científicos es considerada la abuela de la humanidad”

Esta y otras historias son recogidas por el físico uruguayo Ernesto Blanco en su libro “Los beatles y la ciencia: de cómo la música, john, paul, george y ringo nos ayudan a entender la ciencia”.

De hecho, el caso de “Lucy” es tan sólo uno de los múltiples episodios en que la ciencia ha estado relacionada con la banda formada por John Lennon, Paul McCartney, George Harrison y Ringo Starr, ya sea directa o indirectamente. Por ejemplo, Blanco reconstruye las investigaciones en neurociencia en torno al origen de una de las canciones más exitosas del grupo, Yesterday, la cual, según afirman algunos de sus biógrafos, fue compuesta por Paul McCartney después de haber soñado con su melodía.

El autor también trae a cuento los estudios desarrollados por el musicólogo Tuomas Eerola y el psicólogo Adrian North sobre la relación entre la complejidad y la difusión de las canciones, para lo cual fue usado un programa de ordenador con el que descubrieron que “las canciones de los cuatro de Liverpool se volvieron más complejas con el tiempo, pero las más exitosas fueron las más simples”.978-987-629-507-9

El físico uruguayo también aborda la estrecha relación entre los ingresos extras que obtuvo el sello discográfico EMI con la venta de los discos de los Beatles y su relación con la invención de la tomografía computarizada.

No podía faltar un apartado del libro dedicado al impacto que generó la aparición de la película animada Yellow Submarine en el mundo de la física, en tanto recoge la percepción de algunos científicos frente a sus escenas. “La extrema imaginación que allí se despliega está muy emparentada con las extrañezas que la física de principios del siglo XX trajo consigo. (…) Además el guión se basó en varios elementos de las canciones de los Beatles, como el grupo de Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band; los extraños agujeros de Fixing a Hole y A Day in the Life; el submarino de Yellow Submarine; la idea de que nada es real de Strawberry Fields Forever, y el hombre de Nowhere Man, que aparece caracterizado como una especie de científico o tecnólogo”, señala Blanco.

Otro de los apartados que resulta interesante del libro es la contextualización del debate y las búsquedas científicas que suscitó el acorde inicial de A Hard Day’s Night, canción que encabeza el disco y la película, ya que muchos intentaron reproducir su sonido exacto por años sin tener éxito, hasta que Jason Brown, del Departamento de Matemáticas y Estadística de la Universidad de Dalhousie, aplicó la técnica matemática del análisis de Fourier, lo que permitió conocer por fin la estructura del acorde.

Son muchos los ejemplos en los que el físico Ernesto Blanco evidencia la relación entre esta banda y la ciencia aunque, bien es cierto, que reconoce en una entrevista a El Espectador que sus miembros “tampoco tenían una inclinación particular hacia la ciencia, más allá de algunas cuestiones que comento en el libro, como el caso de Paul McCartney y su vocación por el estudio de las aves cuando era joven, así como las lecturas que hizo del matemático Lewis Carroll, pero más allá de esto no eran particularmente científicos a la hora de componer; sin embargo, se puede ver un paralelo con los científicos en su actitud creativa y de búsqueda, que ellos iniciaron desde muy jóvenes por la música, que es paralela a la pasión por el descubrimiento que puede tener un científico”.

En cualquier caso, The Beatles produjeron una de las mayores revoluciones culturales del siglo XX y, seguramente, de toda la historia. Practicamente nadie ha podido quedar indiferente a su música desde entonces, a sus letras, a sus opiniones y a sus excentricidades, y han sido estudiados desde todos los puntos de vista: melódico, rítmico, ingenieril, sociológico e, icluso, hasta psicoanalítico. Ernesto Blanco añade una perspectiva más y no poco curiosa. Y siempre nos queda escuchar su música. Probemos a ver qué nos sugiere a nosotros:

Ciencia exacta, de Gepe

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Ciencia exacta es el sexto disco del músico chileno Gepe, publicado este mismo año por el sello independiente Quemasucabeza. Gepe, cuyo nombre completo es Daniel Alejandro Riveros Sepúlveda, ha consolidado en la escena del otro lado del Atlántico un discurso musical de éxito construido alrededor de un mestizaje de influencias que se envuelve en un amplio catálogo de ritmos pop.

Gepe comenzó a componer este material en medio del éxito que consiguió con el disco Estilo Libre (2015) y de la gira que le llevó por diferentes puntos del continente americano y por países europeos, como España e Inglaterra.

Ciencia Exacta contiene nueve canciones escritas y compuestas por el mismo Gepe (a excepción de “Las Flores”, un cover al clásico de Café Tacuba). Además, cuenta con la participación de dos invitadas: María Esther Zamora y la baterista Juanita Parra. En la producción, el artista se unió de nuevo con Cristián Heyne y Fernando Herrera.

Es un trabajo más intimista y melancólico que “Estilo libre” aunque, a la vez, se mantiene el tono vitalista y luminoso que siempre ha caracterizado la música del chileno. Da la sensación de que “Ciencia exacta” es un disco construido mirando hacia dentro, investigando en las raíces folklóricas que siempre han estado presentes en la música de Gepe para dar forma a una colección de canciones de esqueleto puramente introspectivo, vestidas para la ocasión con una serie de arreglos de vientos, percusión y cuerdas que le dan al disco una notable frescura.

El disco completo puede escucharse pulsando sobre la pantalla siguiente:

Before and after science, de Brian Eno

EnoDe Brian Eno se dice, entre otras cosas, que fue el responsable de inventar un género (el Ambient) y de modificar el curso normal del río de la música o, al menos, de ensanchar alguna de sus orillas.

Brian Eno es sinónimo de producción finísima pero no se debe olvidar que ha firmado como autor algunos discos de una originalidad suprema.

Before And After Science” es uno de ellos. Este album es tal vez uno de los más complejos pero también uno de los más ricos de su trayectoria. De hecho, cuando te pones a escucharlo, al principio es muy probable que no entiendas nada en absoluto de esa maraña de sonidos que salen de allí, salvo tal vez algunos temas más “normales”, como King Lead’s Hat.

Tal vez sea adecuado precisar que “Before and After Science” tiene, en realidad, temas Ambient y temas “normales” (Pop, Rock, etc…), como el citado King Lead’s Hat o No One Receiving y Backwater. Sin embargo, en todos ellos sobrevuela una enorme diversidad de sonidos, proyectada desde un abundantísimo uso de teclados, que lo convierte en uno de los discos esenciales de Eno.

Es curioso que estos diez temas se alumbraran en pleno apogeo del punk (1977) y que consiguieran, a pesar de la diversidad, un tono tan compacto: energía, melancolía, desconcierto, armonía…

El disco se puede escuchar completo, pulsando al play en la pantalla: