La vida futura, de William Cameron Menzies

Con guión del pionero de la literatura científica Herbert George Wells, basado en su propia novela “The shape of things to come” de 1933, Things to come (La vida futura) es una película donde su tremenda inventiva visual y expositiva la convierte en uno de los paradigmas del cine de especulación científica y de crítica social de todos los tiempos. El discurso anti-utópico de Wells sobre la evolución de la humanidad tal vez posea una densidad excesiva. Sin embargo, salvo algunos soliloquios en forma de alegato que hacen demasiado evidente el mensaje y lo aproximan a una cierta demagogia, la película avanza sin pausa a través de las etapas “históricas” del futuro que propone el guión (ni más ni menos que una centuria de predicciones, entre 1936 y 2036) gracias a un logrado contrapunto visual que permite al espectador seguir el hilo conductor de la narración.

La acción de la película arranca en 1940, cuando Everytown –un claro trasunto de Londres- pasa sus fiestas navideñas abrumado por las noticias de una guerra inminente. Hay muchos que prefieren ignorar las portadas de los periódicos, pero algunos, como John Cabal (Raymond Massey) temen que la tragedia sea inminente. Y efectivamente están en lo cierto: las primeras bombas caen aquella misma noche y la violencia no finalizará hasta treinta años después. Hoy sabemos que la Segunda Guerra Mundial estalló tan sólo tres años después del estreno del film, pero entonces aquello no era más que una ficción.

La historia salta entonces treinta años en el futuro. En 1970, la sociedad –representada, de nuevo, por Everytown- ha quedado reducida a un montón de ruinas habitadas por masas de desesperados a los que afecta una terrible plaga, la “Enfermedad Errante”. El Jefe (Ralph Richardson), un megalomaniaco tirano cuya ambición es tan grande como corta su inteligencia, se ha hecho con el control de la ciudad gracias a su crueldad y sus engañosas promesas de paz mientras no para de guerrear contra “el enemigo”. Éste ya no es una potencia extranjera, sino los miserables que viven en las ciudades en ruinas más próximas.

El Jefe quiere aeroplanos para continuar sus campañas bélicas, pero no hay combustible con el que hacerlos volar. El joven mecánico Richard Gordon (Derek DeMarney) no cree que esas máquinas puedan volver a funcionar nunca y le confiesa a su novia sus temores de que la humanidad no regresará ya más a los cielos.

Por supuesto, a continuación aparece la esperanza: a bordo de un moderno avión llega a Everytown un envejecido John Cabal, representante de un nueva organización de aviadores que se ha hecho con el gobierno global: “Alas sobre el Mundo”. Las conversaciones de Cabal con el Jefe son muy interesantes, en buena medida porque se supone que el espectador debe posicionarse del lado del primero que, además de la paz, el progreso y la tecnología, encarna también una forma de gobierno autoritario, por muy benigno que quiera ser. Cuando el Jefe insiste en conservar la soberanía local, Cabal le informa con contundencia de que ese tipo de actitudes ya no serán permitidas. Everytown será anexionada al nuevo orden mundial sin que haya lugar a negociación alguna. Finalmente, llegan los refuerzos en busca de Cabal y gasean la ciudad desde el aire para incapacitar a sus residentes.

La historia salta a continuación al año 2036. La civilización ha alcanzado su cénit y la gente vive ahora en una futurista Everytown, transformada en una urbe subterránea iluminada y ventilada artificialmente. Un descendiente de Cabal (interpretado también por Massey) continúa predicando a favor del progreso, esta vez a través de su empeño en lanzar el primer cohete a la Luna, lo que abrirá las puertas a la exploración y colonización espacial. Pero no todo el mundo está de acuerdo. El artista Teotocopulous (Cedric Hawkicke) se muestra pesimista sobre las bondades de un progreso que parece no tener fin y moviliza a las masas contra el proyecto espacial.

La última parte de la película se centra en quién prevalecerá, si las masas exaltadas o los científicos. La conclusión da la razón a Oswal, quien sonaría frío y despiadado si no fuera porque es el héroe de la historia: permite que la gente muera con tal de lanzar el cohete mientras asegurar que lo importante es el progreso y el avance del conocimiento. Cuando su colega le pregunta cuándo podrán descansar y disfrutar de ese progreso, Cabal le responde que el descanso –el permanente descanso de la muerte- siempre llega para todos demasiado pronto y que entretanto la Humanidad debe siempre aspirar a nuevas metas: la luna, los planetas, las estrellas. La elección, insiste, es: “Todo el Universo o nada. ¿Qué será?”.

“La Vida Futura” refleja con fidelidad el pensamiento combativo de Wells: primero protesta contra la futilidad de la guerra, luego muestra su desprecio por la estrechez de miras y el egoísmo de las clases medias al tiempo que eleva a los científicos a la élite intelectual; el último tercio de la película nos muestra una de sus utopías ideales, un régimen limpio y perfecto dirigido por una élite de sabios que barrería la basura dejada por los imperios coloniales de su época. Armados del razonamiento científico y la más férrea determinación, todo el universo quedaba al alcance de la mano (aunque, al mismo tiempo, la película no pueda evitar cierta aura pesimista en su encadenamiento de catástrofes: una guerra devastadora, epidemias, barbarismo… incluso el final utópico queda ensombrecido por el descontento de una parte de la población).

Resulta interesante comparar la visión que del potencial científico ofrece “La Vida Futura”, escrita y producida por británicos, y los innumerables filmes y seriales americanos del mismo periodo en los que intervenían sabios dementes. Mientras que Wells creía que nada era imposible para la Humanidad si éramos capaces de superar nuestros defectos y abrazar el espíritu científico, filmes como “Frankenstein” (1931) nos decían que la ciencia era algo a lo que temer. No resulta descabellado pensar que si “La Vida Futura” hubiera sido producido en Hollywood, los científicos de “Alas sobre el Mundo” habrían sido los causantes involuntarios de la guerra y las masas de enfurecidos luditas lideradas por Teotocopulous hubieran sido los héroes triunfantes.

 

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