El gabinete del doctor Caligari

Continuamos la serie sobre científicos “un poco especiales” en la historia del cine con una de las cintas más importantes de la década de los 20.

Se trata del principal largometraje del realizador alemán Robert Wiene (1873-1938). El guión, del austriaco Carl Mayer y del checo Hans Janowitz, se inspira en hechos reales sucedidos en Hamburgo y recoge algunas ideas de Fritz Lang (a quien se le ofreció la dirección, aunque la declina por sus compromisos anteriores de realización de “Las arañas (parte 1 y 2)). La película se rueda en un estudio instalado en Lixie-Atelier (Weissensee, Berlín) entre diciembre de 1919 y enero de 1920, con un presupuesto estimado de 20.000 DM. Producido por Erich Pommer y Rudolf Meinert para Decla-Bioscop, se proyecta por primera vez en público, en sesión de preestreno, el 26 de febrero de 1920 (sala Marmorhaus, Berlín).

La acción dramática tiene lugar en un pequeño pueblo de montaña del noreste de Alemania llamado Holstenwall. El presente narrativo del film (1920) es diferente del presente del relato (anterior, pero indeterminado). La narración se desarrolla en un largo flashback que contiene otro flashback. El joven Francis (Fehér), sentado en el banco de un jardín protegido por una tapia elevada, cuenta al compañero o amigo que le acompaña unos hechos extraordinarios de los que fue testigo directo. El Dr. Caligari (Krauss), un sabio aficionado al estudio de fenómenos de alteración de la mente, especializado en sonambulismo, muestra en su gabinete de la feria de Holstenwall a un sonámbulo, Césare (Veidt), de 23 años, que lleva toda la vida en estado catatónico y que puede dar respuesta a preguntas sobre lo que ocurrirá en el futuro sobre temas relacionados con la vida y la muerte. Al mismo tiempo se producen en el lugar varios asesinatos terribles y otras acciones criminales.

El film suma drama, terror, horror, suspense y thriller. Dividido en seis actos, es una obra abiertamente vanguardista, para muchos la primera cinta expresionista de la historia. Reúne todos los elementos propios del cine expresionista: escenarios amenazantes, interpretaciones exageradas, decorados fuertemente estilizados, objetos deformados, puertas y ventanas irregulares, fuertes contrastes de luces y sombras, maquillaje lúgubre, iluminación tenebrosa, imágenes deformadas, encuadres inclinados, efectos teatrales que exageran o deforman la realidad… Incorpora, también, los elementos argumentales propios del cine expresionista: atmósfera claustrofóbica, exploración del lado oscuro de la condición humana, referencias a la muerte, la violencia, la locura y la maldad, ambigüedades, situaciones de angustia, etc. El estilo narrativo claro y naturalista del cine tradicional se hace aquí oscuro, confuso, desordenado y caótico.

Todo esto se refuerza con la fotografía, de Willy Rameister, en B/N, la cual presenta algunos pasajes teñidos de azul, sepia o verde azulado. Se apoyará también en una decoración imaginativa de los pintores Hermann Warm, Walter Reimann y Walter Röhrig y en una espléndida iluminación tenebrista de propio Rameister. La cámara, por su parte, se sitúa ante el escenario y permanece habitualmente inmóvil, mientras se mueven los actores y algunos objetos como el tiovivo de la feria.

 

No hay acuerdo sobre el significado profundo del film. Para unos es una alegoría de la debilidad e incapacidad de la República de Weimar para gobernar el país y resolver sus problemas de paro, inflación y orden público. Para otros es una denuncia de la situación de angustia de Alemania tras su derrota en la  Primera Guerra Mundial y la humillación que supone para ella el Tratado de Versalles (1919). Para unos terceros el film es una exaltación del poder y la autoridad, aunque otros consideran lo contrario. Algunos ven en él una denuncia del desánimo de la juventud alemana, obligada por las circunstancias a la inacción, la somnolencia y la desesperanza.

Su influencia en el cine posterior ha sido enorme: por ejemplo en los trabajos que se realizan en EEUU poco después (“Drácula”, de Tod Browning, 1931, o “El doctor Frankenstein”, de James Whale, 1931). Influirá también decisivamente sobre el cine negro clásico, las películas de terror de la Hammer, o sobre la larga serie de obras con monstruos, así como en el cine contemporáneo de Tim Burton (“Eduardo Manostijeras”, 1990), Terry Gillian, David Lynch entre otros.

 

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